Decisiones

¿Cómo tomar mejores decisiones?: posibles impedimentos y propuestas

Está claro que los errores son parte de la vida, todos en algún momento los hemos cometido y los vamos a cometer y esto no suele ser el fin del mundo. Como hablamos anteriormente, nuestras experiencias, buenas o malas, son parte de nuestro aprendizaje de vida y forman parte de lo que somos. De esta manera nos proporcionan la oportunidad de adquirir un gran conocimiento acerca de la vida, de las relaciones y de nosotros mismos.

A pesar de esto, lo cierto es que a veces nos arrepentimos de cosas que hemos hecho o dicho, durante  un tiempo más o menos largo y nos planteamos qué podríamos haber hecho de manera diferente para evitarlo o qué podríamos hacer para no repetirlo en el futuro.

Esa es la vía de aprendizaje de los “errores”, sí. Pero de lo que vamos a hablar es de cómo lograr, a veces, no tener que llegar al arrepentimiento para aprender:

Evitando tomar decisiones permanentes en estados pasajeros.

Más allá de la necesidad y la importancia de ser capaces de tomar decisiones rápidas y espontáneas en algunos momentos, sin tener que consultarlo con la almohada, estar un tiempo dándole vueltas, hablarlo con otras personas o pensar mucho en las posibles consecuencias (a veces por miedo a actuar), en ciertos momentos, poder reflexionar antes de actuar es útil para evitar malas experiencias o arrepentimientos futuros.

  • Una decisión permanente es una actuación que no tiene vuelta atrás, que es irrevocable.
  • Un estado pasajero o transitorio es, referido a la emoción, algo que, por su propia naturaleza, cambia constantemente, no es duradero en el tiempo. Lo que sentimos hoy no necesariamente lo sentiremos igual mañana y debemos ser conscientes de ello.

Gran parte de las decisiones de las que nos arrepentimos suelen ser tomadas con impulsividad, movidas por una emoción intensa y momentánea, ya sea positiva o negativa. Sin pensarlo mucho.

Emociones como la ira, la euforia, la tristeza, la angustia, y también el consumo de drogas, promueven algo parecido a la expansividad, en la cual existe una ausencia de control sobre la expresión de los propios sentimientos y el deseo de actuar rápido y fácil. Esto hace probable que, tarde o temprano, nos arrepintamos de lo hecho o dicho.

¿En qué situaciones podemos estar tomando decisiones permanentes en estados pasajeros o transitorios?

Aquí tenemos algunos ejemplos:

–          En una discusión, hacer o decir algo que resulta hiriente para la otra persona, las pensemos o sintamos así o no, sintiendo gran enfado.

Hacer daño a alguien tendrá consecuencias permanentes en la relación entre ambos.

–         En un arranque movido por la emoción, cortar toda comunicación con una persona, eliminar su número de teléfono o eliminarla de redes sociales, romper cosas que tenemos suyas o recuerdos que guardábamos, decirle que no queremos volver a verla, o romper una relación de pareja.

Se dice que la rabia nos ciega, nos nubla las ideas y al actuar no tomamos en cuenta ninguna interpretación más que la nuestra en ese momento, no analizamos fríamente otras perspectivas ni nos ponemos en el lugar de otras personas.

–         Comprar algo muy caro y ostentoso que no necesitamos al ganar un dinero inesperado, la lotería o al recibir el primer sueldo, en un estado momentáneo de euforia.

–       Invitar a comer y beber a amigos o incluso a desconocidos, terminando el día sin saber dónde ha ido el dinero.

Tampoco cuando estamos pletóricos analizamos siempre las consecuencias.

–      Arrasar con el frigorífico o la despensa no dejando nada para después o los días siguientes al sentir mucha angustia o ansiedad.

–        Casarse con una persona aun conociéndola poco, dejándose llevar por el enamoramiento inicial; una emoción intensa y pasajera.

–       Actuar en contra de uno mismo, haciendo algo que nos perjudica, como romper o estropear algo importante o incluso llegando a la autolesión.

–        Dejar el trabajo por una fuerte discusión con compañeros/as o jefe/a.

 

¿Cómo tomar mejores decisiones?

Uno de los problemas principales al tomar decisiones es el miedo, que nos paraliza e impide que pensemos con claridad. Esto tiene sentido, pues una decisión puede generar grandes cambios a nivel personal y/o profesional e implica tener que aceptar las consecuencias futuras. Por eso, ahí van algunos consejos para tener algo más de seguridad y tranquilidad con lo decidido:

  • Pensar bien en la decisión que queremos tomar y tomarnos un tiempo para encontrar y definir bien las posibles opciones que tenemos.
  • Analizar las ventajas y desventajas de cada opción. ¿Qué será más posible que pase si hago X? ¿Y si no lo hago? ¿Qué pasará si hago Y?
  • Decidir cuál de las ventajas y desventajas analizadas sería la más adecuada, tratando de que no decida el miedo, la vergüenza o la inseguridad. ¿Qué riesgos estoy dispuesto a asumir? ¿Qué ventajas son más favorables? ¿Qué tengo que hacer para llevarlo a cabo?
  • Actuar conforme a lo decidido, sabiendo que ha sido una decisión meditada.

¿Qué piensas sobre este tema? Comparte si conoces a alguien a quien pueda interesarle y comenta si quieres dejar tu opinión.

Sobre la autora

Elena Marín

Psicóloga especializada en Trastornos de la Conducta Alimentaria, Obesidad y Coaching Nutricional e interesada en autoeficacia, empoderamiento y desarrollo personal.

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2 Comentarios

  • Comentando este artículo con amigas y amigos van saliendo a la luz la ingente cantidad de decisiones tomadas por parte de quienes charlábamos sobre ello, en estados emocionales que impulsaron a ellas sin la reflexión que propones. A veces, la impulsividad… a veces, la rabia o el enfado… empujan y ¡hala¡ las palabras brotan incontenibles y como saetas se clavan sobre quien vayan dirigidas… sobre todo, conveníamos en el grupo, las palabras. Los miedos y cierto grado de embotamiento emocional, los reconocíamos más bien en la dificultad para tomar decisiones de cambio
    en relaciones personales y trabajo, sobre todo (el miedo a actuar del que hablabas en otra entrega). Alguna persona de las presentes decía que iba a colocar en su frigorífico, impresos, los “consejos para tener algo más de seguridad y tranquilidad con lo decidido”. Y no era en broma .

  • Para mí, lo difícil, es parar a reflexionar y no contestar en el acto (si o no) ante cualquier decisión que deba tomar, ya que son impredecibles las emociones que por sí mismas me provocan, me explico: las que me provocan euforia y alegría suelen tener un SÍ por mi parte, sin valorar lo de negativo que pueda suponer esa afirmación; las que me producen tristeza o ira o siento que me están proponiendo algo que yo no esperaba me llevan a decir NO casi de manera automática y además enfadada, porque decir NO, es algo que aún estoy aprendiendo a “asimilar” en mi vocabulario. Estoy mentalizada para valorar más lo positivo que lo negativo en todo, asumiendo las consecuencias sin problemas, por lo que me arrepiento poco de lo que hago, pero estoy convencida de que como bien dices ¡reflexionar! es una palabra que me voy a ¡tatuar! en la frente y añadir esta otra a mi subconsciente ¡déjame meditarlo!
    Gracias por reconducirnos.

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