alimentos

¿Qué papel tienen los alimentos en nuestra vida?

Muchos alimentos que consumimos a diario están asociados a nuestras emociones, por lo que no es extraño pensar que el hecho de comer sea capaz de despertarnos sensaciones de bienestar con las que es difícil competir.

Dejando a un lado las diferencias que pueden existir entre unas personas y otras, y el indudable placer que generan los diferentes sabores, lo cierto es que esta asociación entre la comida y nuestras emociones puede darse en cualquiera de nosotros desde que somos pequeños.

¿Qué significa esto?

Por un lado, que desde recién nacidos hemos asociado la comida con un sentimiento positivo. Nos sentimos bien en los brazos de la persona que nos alimenta porque no sólo elimina nuestra sensación de hambre, sino también nos ofrece cobijo, cariño y protección.

Además, estamos acostumbrados a utilizar la comida para premiarnos (o premiar a los demás) ante un esfuerzo prolongado: un nuevo contrato de trabajo, un ascenso, una graduación, una nota alta en una asignatura difícil, etc. Para celebrar un acontecimiento importante, que no es tal si no está acompañado de un buen banquete: bodas, bautizos, comuniones, aniversarios, navidad, año nuevo, etc.

Incluso cuando nuestros seres queridos (padres, amigos, hermanos o pareja) regresan a casa cada día o cuando tenemos una visita, queremos mostrar nuestro cariño a esa persona o nuestra alegría de tenerlo en la mesa junto a nosotros, y tendemos a hacerle su plato favorito y a comprar los dulces, bebidas o aperitivos que sabemos que le gustan, porque eso les hace sentir bien y, por ende, nos hace sentir bien a nosotros.

Todo esto sin olvidar que también son un agradecimiento, e incluso regalos (un par de buenas botellas de vino, un jamón, una tarta de cumpleaños, dulces, una caja de bombones, bolsas de golosinas…). Todo el bienestar que sentimos en esos momentos, está asociado a cada uno de los alimentos a los que apunta dicho festejo.

¿Y el otro lado?

Por otro lado, el alimento es también capaz de eliminar un sentimiento desagradable, o al menos, paliar sus síntomas o malestar. Y esto es algo con lo que también hemos crecido:

Cuando éramos pequeños y teníamos que acudir al médico para vacunarnos, tras la consulta, el ATS nos regalaba una piruleta; y, cuando nos sacaban una muela o nos empastaban un diente, el dentista nos decía que nos compráramos un helado pasadas unas horas.

Y cuando somos mayores, de repente, podemos sorprendernos pidiendo comida cuando tenemos días malos, permitiéndonos homenajes o caprichos cuando estamos “depre”, tomando chocolate cuando “tenemos la regla” y consumiendo todo tipo de alimentos cuando estamos ansiosos. Porque, en nuestra historia de aprendizaje, los alimentos nos calman.

Además, según las películas o series de televisión, ¿qué hace la persona cuya pareja acaba de romper con ella? Comprar y comer helado, y si es de chocolate mejor, porque “eso es lo único que podrá consolarlo/a”… Pero en absoluto es así.

De nuevo, cuando somos adultos, si visitamos a algún enfermo o celebramos que alguien ha superado una operación, lo hacemos ofreciéndole algo, frecuentemente comida, y no importa tanto el qué, porque no sólo se produce bienestar por el alimento en sí, sino por el mensaje “Me alegro de tu recuperación y te muestro mi cariño con estos bombones”. Sin olvidar que, a veces, podemos estar tan tristes que no queremos probar bocado. Sentimos un “nudo” en el estómago o en la garganta, y nos encontramos inapetentes.

Entonces, debemos preguntarnos: ¿Esta asociación puede ser peligrosa?
La respuesta es sí, sobre todo si nos referimos a que es capaz de hacer que desaparezcan sentimientos desagradables, aunque lo que realmente desaparece es nuestra percepción de ellos a corto plazo; ya que, a largo plazo, se mantienen. No obstante, también hay muchas personas que tienen una relación sana con la comida a pesar de dicha asociación.

En muchas ocasiones son comportamientos normales que nos ocurren concretamente en determinadas circunstancias. Pero aún así, deberíamos preguntarnos:

¿Por qué estoy comiendo tan rápido?
¿Tengo sensación de hambre?
¿Soy capaz de parar cuando ya no puedo más?
¿Hay algún vacío que esté intentando llenar?

Ya que si estamos calmando nuestra ansiedad con la comida o tratando de llenar algún vacío, puede que devoremos en lugar de masticar los alimentos; y podemos aprender otras estrategias mucho más efectivas para trabajar con esos aspectos.

De hecho, con los sentimientos desagradables citados anteriormente, tenemos que hacer reciclaje: los que son con la familia hay que trabajarlos con la familia; los que son con la pareja, con la pareja; los que son en el trabajo, hay que tratar de solucionarlos en el trabajo; etc. y dejar para la alimentación lo que se refiere a alimentarnos.

Nuestro consejo: Aliméntate, de forma saludable, sin cubrir ninguna otra necesidad que la del alimento y ¡disfrútalo!

¿Cómo se hace esto? En siguientes publicaciones seguiremos hablando de este tema en más profundidad.


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Sobre la autora

Irene Arroyo

Psicóloga Sanitaria especializada en el ámbito de la alimentación, los Trastornos de la Conducta Alimentaria y la Obesidad. Interesada en el autoconocimiento y la resolución de problemas cotidianos.

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