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Comparaciones II: ¿Cómo nos sientan las comparaciones con otras personas?

Al hilo de la anterior publicación relacionada con las comparaciones, dejamos entrever que muchas de ellas las consideramos inevitables, pero no lo son en realidad. Tenemos la capacidad de evitarlas en la medida en que tomemos conciencia de cuándo tienen lugar y nos entrenemos en impedir que esto ocurra.

A ello nos puede ayudar mucho el tratarnos, tanto a nosotros mismos como a los demás, desde la autocompasión, en lugar de ser autocríticos e ir fijándonos en las deficiencias.

Realmente solemos pensar que las comparaciones son inevitables porque tienen lugar con tanta frecuencia que no somos conscientes de que estamos llevando a cabo este proceso de compararnos.

De este modo, aceptando la utilidad que tienen algunas de las comparaciones que se producen en nuestra vida diaria, es importante reconocer que algunas otras, sobre todo las que tienen que ver con compararnos con otras personas, carecen de ella.

“La comparación es el ladrón de la felicidad”. Theodore Roossevelt.

¿Qué podemos hacer para evitar compararnos con personas?

Lo primero que debemos hacer es atender a las veces que nos comparamos con los demás, o, a las veces que los demás nos comparan con otros para, posteriormente, reflexionar sobre las siguientes cuestiones:

  1. ¿Qué objetivo tiene la comparación?
  2. ¿Qué pensamiento genera?
  3. ¿Cómo me hace sentir?
  4. ¿Ha logrado el objetivo que tenía el hecho de compararme?
  5. ¿Puedo aprender algo de esta comparación?

Pongamos algunos ejemplos:

A: Alicia acaba de dejar a Nacho por un compañero de su nuevo trabajo.

B: Los padres de Fermín le presionan para que trabaje como el resto de sus hermanos, pero éste no encuentra empleo.

Con respecto a la primera cuestión, tenemos que saber qué objetivo tiene la comparación con la otra persona.

Por ejemplo, algunos pueden pensar que es una buena manera de ganar autoestima:

Nacho puede pensar: “Bag, se está equivocando. Seguro que vuelve. Ese tío no me llega a mí ni a la suela de los zapatos. Yo valgo mucho más que él”.

O de defendernos:

Fermín puede decirle a sus padres: “A ver, mis amigos Manolo y Carlos tampoco han encontrado nada. De hecho, ellos ni siquiera tienen estudios y sus padres no les dicen nada”.

En cuanto a la segunda pregunta, el pensamiento que genera, a priori es funcional. Les sirve para sentirse mejor:

Nacho tiene más valía que el nuevo novio de Alicia, por lo tanto volverá con él o se arrepentirá.

Fermín ha hecho más por encontrar trabajo que Manolo y Carlos, puesto que ha realizado unos estudios.

Pero, a posteriori ¿Cómo nos hace sentir este pensamiento?

Nacho, en lugar de aumentar su autoestima puede que lo que consiga es todo lo contrario: “Como yo valgo más que su nuevo novio, ella volverá conmigo. Por lo tanto, si ella no vuelve conmigo, es porque yo no valgo tanto como él”.

Fermín puede acomodarse en su zona de confort, lo cual no facilitará la consecución del trabajo: “Todo lo que he estudiado ha sido para nada, puesto que no he encontrado trabajo como mis hermanos y me encuentro en la misma situación que mis amigos que no lo han hecho, con lo cual ¿para qué buscar si no sirve para nada?¿para qué seguir formándome si al final nadie me contrata?

Al cabo del tiempo, los sentimientos que pueden generar son tristeza, desesperanza, decepción, desilusión, baja autoestima….

Por ello, podemos concluir que no se logran los objetivos en ninguno de los ejemplos, ya que Nacho puede llegar a sentir que “no vale nada” y por eso rompieron con él, lo que hará que se sienta peor que si hubiéramos obviado la comparación. Y, los padres de Fermín, lejos de animarle a buscar trabajo, han conseguido que se muestre reacio ante todo lo relacionado con ello.

Entonces, con respecto a la última cuestión: ¿Puedo aprender algo de la comparación?

Sí, siempre. Como vimos en la publicación relacionada con la importancia del aprendizaje de nuestros propios errores, por supuesto que podemos aprender de ello. Siempre que hagamos esta reflexión y nos demos cuenta de que la comparación no nos resulta útil, incluso nos daña o perjudica, podremos reaccionar de forma distinta la próxima vez en que nos veamos en una situación parecida. En este caso, sin acudir su uso:

Nacho podría relacionar la ruptura con otros aspectos que tengan más que ver con la relación que tenía con su novia más que con la lucha de poder con la nueva pareja.

Los padres de Fermín pueden encontrar otras maneras de animar a su hijo: en lugar de compararlo con los hermanos, pueden adular la valía y el esfuerzo de lo que ha hecho y conseguido; felicitarlo cada vez que consiga una entrevista de trabajo, a pesar de no ser contratado; y motivarlo cada vez que se mueva con este objetivo.

Por otro lado, también debemos considerar que cuando nos comparamos con los demás desde un punto de vista destructivo hacia nosotros mismos (“es mucho más guapa que yo”, “nunca se fijará en mí conociendo a Pablo”, “Hugo siempre será mejor jugador de fútbol que yo”, “nunca conseguiré hablar francés como Marina”), independientemente del objetivo y el pensamiento que genere dicha comparación, nos sentiremos mal desde un principio y a posteriori podemos conseguir creernos concienzudamente dichas palabras.

Muchas veces, además no son comparaciones equiparables. Uno se mide a partir de sus puntos fuertes y el otro a partir de sus puntos débiles, por lo que cabría esperar un claro ganador. Pero no se toma a la persona en todos sus aspectos, con todas sus virtudes y todos sus defectos.

Nuestros consejos son:

  • ¡Centrémonos en todo lo bueno que tenemos, en  lugar de lo malo; y en todo lo bueno que tienen los demás!
  • Y, sobre todo, identifiquemos cómo nos sentimos tras compararnos con otras personas o que nos comparen, y si no nos sentimos bien, ¡cambiémoslo!

 

 

Sobre la autora

Irene Arroyo

Psicóloga especializada en el ámbito de la alimentación, los Trastornos de la Conducta Alimentaria y la Obesidad. Interesada en el autoconocimiento y la resolución de problemas cotidianos.

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